jueves , 24 mayo, 2018
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El cielo y el infierno

El cielo y el infierno

Ahora que se acerca la Navidad y fin de año, todos estamos listos para sumergirnos en un mundo de dulce y grasa para luego el 31 de diciembre, hacernos un montón de promesas para reducir su consumo. Cuantas veces no nos hemos prometido lo imposible.

Como cocinero, tengo una amplia relación con el dulce como gran consumidor y como productor. Creo que el ser humano se relaciona con el dulce de tres maneras: fisiológicamente, sicológicamente y de una forma nostálgica.

Talvez con la excepción de la sal, y cualquier otro sabor, el deseo instintivo por el dulce se encuentra incrustado en nuestro ADN. Desde que nacemos, encontramos nutrientes y confort en la leche materna. Es más, la leche materna que contiene unos tipos de azúcares que son difíciles de encontrar en otro lugar, es el único alimento que debemos ingerir iniciando nuestras vidas. Eventualmente, nuestro abanico por nuevos sabores se expande sin embargo el deseo por el dulce perdura durante toda la vida.

Cuando apenas estamos saliéndonos de la necesidad fisiológica por el dulce, nos metemos en el reino emocional por el dulce. Muy frecuentemente el deseo por el dulce se entrelaza con la memoria, las emociones y el confort. Marcel Proust en su libro “En busca del tiempo perdido”, hace una descripción apetitosa sobre las magdalenas (galleta dulce francesa) que su tía le hacía. Los postres, son instrumentos de recompensa. Muchas veces le hice caso a mi mamá cuando me decía “si te comes la ensalada te puedes comer el postre”. Desafortunadamente aprendí a comer más postres que ensaladas. Los postres son la cura para cualquier dolor y angustia. Después de una visita al odontólogo (dentista en esa época), no faltaba el cono. Con el dulce empezaron muchos emprendedores. Así conocimos el mundo de las ventas y las finanzas. Vendimos confites, colombinas, chocolatinas y si no nos comíamos el inventario, el dinero obtenido lo reinvertíamos en el que pensábamos iba a ser el producto estrella que nos iba a llevar a alcanzar ese sueño de ser grandes empresarios. Como si fuera poco y como no hay felicidad absoluta, los postres también nos producen sentimientos de culpa y arrepentimiento. Son el cielo y el infierno. Que yo conozca, no existe una cosa tan rica y que a su vez sea la causa de un sentimiento tan horripilante. Los postres nos hacen ir a sitios especializados donde pagamos para sudar el azúcar que nos comimos en los postres de la semana. Nunca he oído decir tengo que ir al gimnasio a quemar toda la lechuga y tomate que me comí esta semana.

La nostalgia, sentimiento de recuerdo por un momento que fue y ya no es, también nos la disparan los postres. Me acuerdo mucho del ariquipe que mi abuela hacía, los bizcochos de mi tía, las galletas de rice crispy y leche condensada de mi mamá. Confieso que los he hecho y aunque el resultado organoléptico (características de sabor, textura, aroma y color) no ha sido lo que esperaba al comérmelas, si lograron transportarme mentalmente a momentos, lugares y encontrarme con personas que me traen muy buenos recuerdos. Pero como también existe el infierno, también tengo un postre que me trae unos pensamientos que no se los deseo ni al peor de mis enemigos, o talvez sí, el arroz con leche. En sicología de la comida, estos recuerdos negativos que nos traen ciertas comidas se llaman el Efecto García-Koelling (fenómeno de aversión adquirida al sabor).

Los postres son poderosos instrumentos capaces de evocar en nuestra mente todo tipo de sentimientos. Nos transportan al pasado, nos llevan al futuro, nos dan alegría y nos reconfortan. Son capaces también de darnos tristezas y hacernos sentir mal. Sean lo que sean estamos en la época o sea que a disfrutarlos y en enero hablamos. Feliz Navidad y que el 2018 esté lleno de postres.

Por Jorge Julián Uribe: Administrador de la Universidad de Carolina del Norte y graduado en el Instituto de Artes Culinarias de la Mississippi University for Women.

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